“Como activista feminista uso el arte del cine para levantar el polvo que hay debajo de las alfombras machistas de esta sociedad”. En tanto que carta de presentación de la realizadora de “Carmen y Lola”, Arantxa Echevarría (Bilbao, 1968), es difícil poder hacer mejor. Todo está dicho en esas dos líneas: el cine como arte e instrumento útil para deshacerse de los restos cutres y casposos que todavía lastran nuestra sociedad. Y para ello la cineasta bilbaína, en esta su ópera prima, no se anda con chiquitas. Al contrario, coge al toro por los cuernos y, en un espléndido guión escrito por ella misma, aborda un tema espinoso y de grandes riesgos: el de la mujer, el mundo gitano y la homosexualidad. El todo dentro de una bella, sensual y desgarradora historia de amor (pero no sólo eso) puesta en escena con sensibilidad, talento y garbo. Es decir, con gracia, desenvoltura y brío.
Gracia, la de las dos actrices no profesionales pero magníficas: Rosy Rodríguez (Carmen) y Zaira Romero (Lola), que bordan con frescura y enorme ternura los personajes centrales del filme, mostrando con pudor y valentía sus deseos y sus dudas. Desenvoltura, la de la realizadora vasca manejando la cámara con habilidad y destreza para lograr que, dominando el tiempo y el espacio, el espectador se vea absorto de principio a fin en la historia narrada y brío, el del amor prohibido pero reafirmado en cada instante al confrontar costumbres, tradiciones y ritos ridículos, represores y hasta violentos.
La película, presentada con gran éxito en la Quincena de realizadores del Festival de Cannes 2018, cuenta la historia de dos adolescentes gitanas a las que, como es habitual generación tras generación, sus familias les preparan de antemano su futuro: casarse, ocuparse de los maridos y criar tantos hijos como sea posible. El problema es que un día Carmen conoce a Lola, una gitana poco común que sueña con ir a la universidad, dibuja graffitis de pájaros y es diferente (“rarita”).
Ni qué decir tiene que la película levantó en su día ampollas en ciertos sectores del mundo gitano que aseguran no verse reflejados en lo que cuenta el filme; incluso intentaron impedir su exhibición en diversas ciudades. Una cosa sin embargo permanece clara y meridiana, lo que vemos en la pantalla en ningún momento parece ciencia ficción sino todo lo contrario: pura y lacerante realidad.

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