Robert Aldrich
(Cranston 1918 – Los Ángeles 1983) tuvo unos maestros en Hollywood, allá por
los años 1940, que no tenían, ni tienen,
parangón, vean: Jean Renoir, William Wellman, Lewis Millestone, Richard
Fleicher, Fred Zinneman, Abraham Polonsky, Robert Rossen, Joseph Losey,
y como broche final el gran Charles
Chaplin. Con cada uno de ellos fue primer ayudante de dirección. No es,
pues, de extrañar que con semejante peña
Aldrich saliera un tanto
rebelde y respondón frente a la Meca del cine. Es decir, quiso ser un
realizador independiente de los
condicionantes económicos, culturales y políticos impuestos en la capital del
cine en una época en la que el macartismo arreciaba implacablemente sobre la
siniestra en la industria hollywoodiense.
Buena
prueba de ello son los magníficos westerns Apache,
Veracruz, El último atardecer, y por supuesto, La venganza de Ulzana. Un filme, este último, vertiginoso y
corrosivo en el que se muestra a los indios violentos e instintivos pero, al
mismo tiempo, conviviendo armoniosamente en la naturaleza, actuando según sus
propias costumbres y siendo portadores de un deseo inmenso e irreprimible de
libertad. Algo con lo que el ejército yanqui no estaba dispuesto a transigir.
Iniciándose así una persecución sin descanso del líder indio Ulzana, que con un
grupo de apaches ha huido de la reserva india.
Por
tanto, un filme sólido y solidario, bien narrado y mejor interpretado de un
cineasta que también dejó en otros géneros pequeñas joyas como El beso mortal, ¿Qué fue de Baby Jane? o la antibélica Doce del patíbulo. Todas ellas, de visión obligada para cualquier/a
cinéfilo/a que se precie.






