Durante los años de mayor afluencia migratoria en Francia (cincuenta, sesenta y primer lustro de los setenta del siglo pasado) se decía insolentemente que los extranjeros (portugueses, italianos, españoles o argelinos principalmente) viajaban al país vecino para “comer el pan de los franceses”. Con el tiempo aquella aprehensión racista cambió: sin ellos en muchas ciudades no se amasaba el pan, no se montaban coches en las plantas de ensamblaje o no se levantaban edificios.
Hoy, en un contexto muy distinto al de aquella Europa en reconstrucción tras la II Guerra Mundial, es decir con mayor miseria en todo el mundo, el “problema” de la migración alcanza en muchos casos cotas de humillación, explotación y desprecio inusitadas.
Una problemática que con pudor y respeto capta la película “La historia de Souleymane”, del cineasta francés Boris Lojkine (Paris, 1969), quien con su cámara vigorosa acompaña durante tres días frenéticos a Souleymane (impresionante Abou Sangare), un inmigrante guineano, generoso y honesto que intenta ganarse la vida repartiendo comida en bicicleta por las calles del París de los excluidos. Tiempo suficiente para que el espectador/a descubra las condiciones infrahumanas en las que viven muchos inmigrantes africanos en la mítica “Ciudad de la Luz”.
“Quise, con este thriller urbano y social, que quienes lo vieran pasaran unos días con Souleymane, y juntos, intentáramos cambiar la forma en que miramos a los inmigrantes”, apostilló Lojkine en una entrevista en Cannes.






