“De todas las artes, el cine es para nosotros la más importante. El arma más poderosa”, afirmó Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, cuando en 1919, después del triunfo de la Revolución bolchevique, se nacionalizó la industria cinematográfica y se fundó el Instituto Pansoviético de Cinematografía (VGIK), la primera escuela de cine en el mundo. Iniciándose así la edad de oro del cine de la ya Unión Soviética, y mostrando al mismo tiempo el gran interés que la Revolución prestaba al 7º Arte. Un medio artístico que probó sus enormes posibilidades de comunicación social y de propaganda en un inmenso país en el que el 70% de la población era analfabeta e ignorante.
Con estas premisas políticas y artísticas, y para conmemorar el vigésimo aniversario de la revolución de 1905 contra el régimen absolutista del zar Nicolás II, el genial Sergei Eisenstein (1898-1948) fue encargado por el Gobierno soviético de llevar a la gran pantalla la epopeya de los marinos del Potemkin que, ante las condiciones miserables de vida y la tiranía de la oficialidad del buque de guerra, se rebelan y toman el control del barco. Convirtiendo su revuelta y su lucha en el reguero revolucionario que se extendería por Odesa y toda Rusia.

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