Martin
Ritt
(Nueva York, 1914 – Santa Mónica, 1990) está considerado por la
profesión como un cineasta sólido y comprometido. Sólido, porque
en artesano conocedor de su oficio sabe rodearse de vigorosos guiones
y estupendos/as actores y actrices para ofrecer al espectador/a un
producto interesante; y comprometido, porque tomando partido por la
libertad y la justicia (su hostigamiento durante la caza
de brujas
lo demuestra) le complace hacer un cine que abarque temas que no sólo
entretengan sino que hagan también cavilar. En ese sentido películas
como “Odio en las entrañas” (1969) sobre la explotación de los
mineros en Pennsylvania, “La gran esperanza blanca” (1970)
respecto al mundo del boxeo y el racismo o “Norma Rae” (1979)
contando el compromiso sindical de una mujer sencilla e inexperta en
la materia, lo prueban ampliamente.
En
“Un hombre” esos postulados batallan por aflorar igualmente, pero
dentro del llamado “western crepuscular”. Es decir, se inscriben
en el ocaso del Oeste. Aquí no aparece ya el mítico héroe de los
filmes de John
Ford
o Howard
Hawks
de los años 1950, ni tampoco aquellos grandes espacios llenos de
enormes posibilidades de futuro. Aquí el desencanto, el egoísmo, la
ambición y la mendacidad reinan a sus anchas apresando a unos
antihéroes que tratan de sobrevivir desesperadamente en un mundo
cruel y fatídico. Sólo John Russell (Paul
Newman,
posiblemente en el mejor papel de su carrera cinematográfica), un
mestizo criado por los indios al que apodan Hombre, parece ser capaz
de hacer frente a tamaña debacle.
La
película (un homenaje al pueblo indio) goza de un excelente color,
está magníficamente narrada, tiene secuencias de enorme suspense y
un guión sin fisuras ni aspavientos. Lo que nos permite asistir a
una historia sincera y creíble, repleta de útiles e interesantes
enseñanzas.

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