La
cineasta belga Katell
Quilévéré
(1980) ha apostado en su última película, “Reparar a los vivos”,
por la fragilidad de la vida y por darle a lo trágico un toque
esperanzador. Así, lo que podría haber sido un melodrama de tomo y
lomo se convierte, por la habilidad cinematográfica de la
realizadora y por la buena adaptación que hace de la novela homónima
de Maylis
de Kerangal,
en una película sensible pero no sensiblera, oportuna y con una
narración totalmente didáctica. Esto último, en el sentido de que
supone una divulgación de algo poco conocido como es el largo y
extenuante proceso que conlleva la realización de un trasplante de
órgano. Igualmente, porque descubrimos, a través del filme, a
hombres y mujeres de ciencia que, gracias a sus conocimientos y
entrega, reparan a vivos que se hallan peligrosamente averiados.
La
historia comienza de madrugada en un mar tempestuoso con tres jóvenes
surfistas. Unas horas después,
en
el viaje de vuelta, sufren un grave accidente de automóvil. En el
hospital de El Havre, la vida de Simón, un joven de 19 años, pende
de un hilo. Mientras, en Paris, a más de 200 kilómetros de la
ciudad normanda, una mujer de 50 años espera un trasplante
providencial que pueda prolongar su vida.
A
partir de ese instante, la narración, además de contarnos con todo
detalle los entresijos de la preparación de la operación
quirúrgica, se adentra también en la vida de los familiares del
donante y de la receptora, adquiriendo la crónica cinematográfica a
medida que avanza el metraje una enorme dimensión humana. Algo que
tanto la realizadora como la autora del libro han cuidado al máximo,
no escatimando tampoco secuencias de gran impacto emocional.

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