El tema de la homosexualidad en la Cuba revolucionaria, como en otras muchas partes del mundo, ha sido objeto de bastante controversia. Discusión no siempre saldada con tolerancia y respeto a la diferencia. Al contrario, esta orientación sexual ha sido durante demasiado tiempo relegada a la clandestinidad o al silencio. Hoy este asunto está zanjado positivamente en la sociedad cubana, y, a ello, ha contribuido, sin duda alguna, la película de Tomás Gutiérrez Alea (La Habana, 1928-1996), quien, en el momento de su estreno en la Berlinale, consideró que “la película no pretende ser una simple denuncia del acoso que la homosexualidad padece bajo el sistema político cubano, sino que es una metáfora. Es decir quiere afirmar antes que negar, exaltar la libertad y la tolerancia antes que rechazar la opresión y la intolerancia. Lo que el artista niega debe deducirse de lo que afirma”.
Con
esta premisa, el director de las extraordinarias “La última cena”
(1976) y “Guantanamera” (1995), cuenta la historia de amistad y
respeto entre David (Vladimir
Cruz),
un comunista convencido que estudia sociología en la Universidad de
La Habana, y Diego (excelente Jorge
Perrugoría),
un artista homosexual con dificultades de inserción en la sociedad
cubana. La película, generosa, humana, emocionante y divertida,
invoca a la esperanza, al tiempo que es una estremecedora comedia
sobre la supervivencia de la amistad, la tolerancia, el amor y la
solidaridad. Según Rolando
Pérez
Betancourt,
periodista cubano, “una película trascendente en la historia del
cine cubano”. Sin excusa ninguna, de visión obligada.

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