Cuando
se dice que la verdadera víctima de cualquier guerra en el mundo es
la población civil, no es un tópico. Es la pura y cruel realidad.
Una población compuesta de ancianos, mujeres y niños, que, privada
de toda posibilidad de defensa, sufre irremediablemente los terribles
estragos de la contienda. De esto, y del drama humano que se
desprende (fin de sueños y esperanzas), nos hablan los ojos atónitos
de una cándida niña de seis años, testigo directo de la noche de
San Lorenzo. La noche del día 10 de agosto de 1944, en que una parte
de los habitantes de San Martino, en La Toscana italiana, huye a las
montañas ante la llegada inminente de la soldadesca nazi, decidida a
bombardear, masacrar, y a quemar viviendas y enseres.
La
película, que se sitúa en un momento trágico de la historia
italiana: la debacle del ejército fascista italiano y la invasión
alemana, es una denuncia implacable de las guerras fratricidas
partiendo de un hecho de no demasiada relevancia pero que pone en
evidencia la crueldad, la miseria y la degradación humana, como
consecuencia de intereses infames y del deseo de sobrevivir a
cualquier precio. Sin embargo, los hermanos Taviani,
que nos han maravillado con películas como “Padre padrone”
(1977), logran de nuevo aquí una puesta en escena llena de poesía y
nostalgia, impregnando a sus protagonistas (especial mención para
Omero
Antonutti
y nuestra Margarita
Lozano)
con destellos de ternura, solidaridad y optimismo; presagio tangible
de que, aún en las peores circunstancias, el ser humano puede y debe
sobreponerse para que de nuevo salga el sol.

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