Una
de las ideas mágicas que los responsables de la crisis actual (los
gobiernos y especuladores occidentales) han tenido para salir de ella
ha sido tratar de hacernos a todos empresarios. Lo que aquí en
España se ha dado en llamar “crear emprendedores”. Así, si
todos somos patronos, no habrá paro, se ganará dinero, se consumirá
y la crisis desaparecerá irremediablemente. Fascinante idea, ¿no?
El problema es que para que haya empresarios, cuyo objetivo – no lo
olvidemos – es ganar dinero, es imprescindible que haya también
obreros, trabajadores, empleados. Y a ser posible que esta gente
tenga pequeños salarios, pocos derechos sociales y laborales y se la
pueda despedir fácilmente cuando las cosas pinten mal para los
emprendedores. En suma que sea flexible en un mundo y mercado libres.
Libres de trabas e impedimentos, evidentemente.
Pues
bien, de esto, y de algunas otras cosas más, trata la película del
cineasta británico Ken
Loach
(Nuneaton, 1936). Un director que ha querido mostrar la cruda
realidad de la explotación laboral en Inglaterra. Pero que bien
puede extenderse a otros países europeos, entre ellos España. Loach
y su habitual guionista Paul
Laverty
parten de la necesidad que Angie y Rose (buenas interpretaciones de
Kierston
Wareing
y Juliet
Ellis)
tienen de sobrevivir en un mundo laboral en crisis profunda. Para
ello ambas jóvenes abren una agencia de trabajo temporal para
emigrantes. Dándose cuenta pronto que su empresa se mueve en unas
circunstancias donde la mano de obra es muy barata y las leyes nunca
se aplican. Terrible realidad que traerá como consecuencia una lucha
entre sus conciencias y las reglas que impone el capitalismo. Sin
duda, una película de lacerante y persistente actualidad.
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