“Centauros
del desierto” es una obra de arte. Como lo son el Guernica de Pablo
Picasso o
la Capilla Sixtina de Miguel
Ángel.
¿Exagerado? Puede que sí. Pero así como el impresionante lienzo
del malagueño estremece por los horrores de la guerra y la obra del
artista renacentista extasía por su belleza, la historia de la
familia Edwards apasiona por su universo denso y poético. En él el
ser humano, empapado de la hermosura salvaje de Monument Valley, se
convierte en el núcleo central de la narración. Solo cambia la
materia para plasmar lo que el genio siente. El celuloide remplaza a
la tela y a los frescos, y la acción cinematográfica a la
fascinación que la contemplación de lo excelso origina.
La
película del maestro norteamericano John
Ford
(Maine, 1894 – California, 1973) se basa en un hecho real, el de
una chica de nueve años, Cynthia Ann Parker, raptada por los indios
en 1836, justo treinta y dos años antes de la fecha escogida por
Ford
para
contarnos su conmovedora tragedia. Una trama que arranca con la
vuelta de Ethan Edwards (magnífico John
Wayne)
al hogar de su hermano Aaron y su cuñada Martha, tras el fin de la
Guerra de Secesión, en 1868. En el pequeño rancho viven también
sus sobrinas Lucy y su hermana pequeña Debbie (sorprendente Natalie
Wood),
secuestrada por el jefe comanche Cicatriz después de haber asesinado
a toda su familia. A partir de ese instante, Ethan Edwards, un hombre
asocial y racista, encontrará en el odio y la venganza la razón de
su marginada existencia.
Estamos
pues ante una película que a sus casi 60 años de edad, sigue
emocionando al espectador, sacudiéndole en su asiento y hablándole
de algunos temas que preocupan al hombre desde el inicio de los
tiempos.
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