El
cine de Billy
Wilder
(Sucha, Austria, 1906 – California 2002) gira alrededor de una idea
fija: la mentira es el motor del mundo. Cuando se rastrea a fondo en
su filmografía no encontramos más que seres conmovedoramente
patéticos atrapados en mascaradas. Vendedores de seguros cínicos y
amorales (“En bandeja de plata”, 1966), apocados e ingenuos
empleadillos (“El apartamento”, 1960), periodistas poco
escrupulosos (“Primera Plana”, 1974) o policías convertidos en
chulos por el amor de una puta (“Irma la dulce”, 1963).
Los
personajes de las películas de Billy
Wilder
viven de falsedades, engañan y son engañados y acaban
experimentando, en un momento o en otro, las desagradables
consecuencias de ver arrancada la máscara que cubre su rostro. Lo
que ven entonces son las verdaderas dimensiones de su miserable
estatura humana.
Es
el caso de “Testigo de cargo”, una obra maestra del género de
intriga del genial cineasta austriaco, sustentada en uno de los
mejores relatos de Agatha
Christie
y en un guión lleno de ingenio, humor y sutil sarcasmo.
Magníficamente
interpretada por tres monstruos de la época dorada de Hollywood:
Tyrone
Power,
Marlene
Dietrich
y sobre todo el sensacional Charles
Laugthon,
la película pone en escena, en un blanco y negro espléndido, un
drama judicial basado en la acusación de una rica anciana a manos de
su joven y apuesto marido.
Pasión,
traición y frustración son mostradas con brillantez narrativa en
medio de un suspense que evoca al mejor Hitchcock
(director que admiraba Wilder),
al tiempo que atrapan al espectador de principio a fin.
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