Pasarán
100 años, y Todos
a la cárcel
seguirá estando de actualidad. Puede que no en la forma
cinematográfica realizada pero sí en el fondo del asunto tratado,
tal es, al parecer, la idiosincrasia y el temperamento hispanos. Eso
es lo que Luís
García Berlanga
(Valencia 1921, Madrid 2010) trata de decirnos en esta película
dirigida después de La
Vaquilla
(1985) y antes de su última producción París-Tombuctú
realizada en 1999.
Aunque
lejos de la calidad artística y cinematográfica de sus obras
maestras como ¡Bienvenido,
Mister Marshall!
(1952), Plácido
(1961) o El
verdugo
(1963), Todos
a la cárcel
mantiene la tónica que caracteriza al cineasta valenciano: narración
coral, humor corrosivo, mordaz ironía y una sátira ácida de la
realidad sociocultural y política española.
En
esta ocasión, con ritmo frenético, buenos gags que aseguran
divertimento y mucha mala leche, la historia se centra en la cárcel
modelo de Valencia durante el gobierno de Felipe
González
donde se celebra el Día Internacional del Preso de Conciencia. Con
tal motivo gentes de la política, la cultura y el espectáculo
asisten al acto y aprovechan la oportunidad para intentar hacer
lucrativos e ilegales negocios. Razón suficiente para que Berlanga
haga desfilar ante nuestras atónitas retinas una serie de personajes
esperpénticos, interpretados aquí por la flor y nata de la comedia
española, conformándonos una visión grotesca y ridícula de
nuestra sociedad. Por otra parte nada alejada de la realidad
cotidiana como la actualidad más candente demuestra de manera
abundante y generosa.
En
definitiva, un cine el de Luís
García Berlanga
que se inscribe de lleno en nuestra historia pasada y reciente para,
a través de la comedia disparatada y la estruendosa carcajada,
criticar la sociedad y sus imperfecciones. Utilizar la hilaridad como
el antídoto necesario a tanto desvarío; reírse de uno mismo para
exorcizar el mal.
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