El cine de los hermanos Coen (Joel y Ethan) es siempre sorpresivo por su originalidad y extravagancia, pero igualmente por su imaginación a la hora de ponerlo en escena. Se trata, pues, de un cine idiosincrásico pensado y escrito a cuatro manos como son también los casos de los excelentes hermanos Taviani (“La noche de San Lorenzo”, 1982) o de los hermanos Dardenne (“Dos días, una noche”, 2014). Un cine, el de los estadounidenses, que respetando no repetirse en ninguna de sus producciones ha dado magníficas obras cinematográficas como “El gran Lebowski” (1998), “No es país para viejos” (2007) o “Valor de ley” (2010), por citar sólo algunas películas de su prolífica filmografía.
“Fargo”, relato peculiar de una crónica negra en la América profunda, no es una excepción a la regla estilística de los Coen. Al contrario, a medida que el metraje del filme avanza imperturbable el espectador, atónito y perplejo, se pregunta como nunca lo hizo antes con estos cineastas a dónde irá a parar la patética historia de Jerry Lundegaard (impresionante William H. Macy), un apocado, inocentón y tímido padre de familia que decide lo impensable para conseguir mucho dinero y así poder realizar un importante negocio. El problema es que no siempre salen las cosas como se piensan, sobre todo cuando en el intrincado camino se cruzan mentes desquiciadas y, en particular, una sheriff en avanzado estado de gestación (insuperable Frances McDormand) que con lógica aplastante sólo piensa en resolver rápidamente el “asunto” que le han encomendado, y volver a casa a descansar. Ambiente que denota el clima especial de este soberbio e inopinado thriller norteamericano.

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