Monty
Brogan (formidable Edward
Norton)
no ha sido un angelito en sus años mozos. Al contrario, su vida
agitada y descarriada de narcotraficante le ha condenado a tener
que cumplir una pena de siete años de prisión. Un ingreso
penitenciario que deberá hacer pasadas 24 horas. En ese último día
de libertad, y después de constatar que está a punto de decir adiós
definitivamente a sus sueños de grandeza y sobre todo al diabólico
tren de vida que le ha separado de los seres que le querían
verdaderamente, Monty intenta recuperar la relación con su padre
(Brian
Cox)
y con sus dos mejores amigos de juventud: Jacob (Philip
Seymour Hoffman),
un tímido profesor, y Slaughtery (Barry
Pepper),
un experto agente financiero de Wall Street. También lo intentará
con su novia Naturelle (Rosario
Dawson),
que podría ser el origen del drama al que vamos a asistir con gran
zozobra.
Spike
Lee
(Atlanta, 1957), director de películas tan interesantes como
“Malcolm X” o “Plan oculto”, al llevar a la gran pantalla la
novela de David
Benioff,
ha querido que reflexionemos sobre dos cuestiones fundamentales en el
deambular de alguien que ha tirado su vida por la ventana: cavilar
sobre el sentido de la existencia en este jodido mundo y sobre la
posibilidad o no de conseguir una segunda oportunidad. En definitiva,
poder rehacer la vida y sentirse satisfecho/a de uno/a mismo/a. Un
tema con mucho aliciente y de valor universal que, en el caso que nos
ocupa, se desarrolla además en la ciudad de Nueva York después de
los sucesos del 11S. Lo que incrementa, sin duda alguna, la
dimensión apocalíptica de esta emocionante historia.

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