Con
frecuencia se ha reprochado a Alfred
Hitchcock (Londres 1899 – Los Ángeles 1980) de emplear su maestría
cinematográfica en temas demasiado triviales. Sin embargo, el trabajo de los
críticos franceses de los años 1950 (Chabrol,
Truffaut, Rohmer) ha permitido revelar la fantástica profundidad y diversidad
de su universo. Un mundo que el espectador/a puede descifrar a su manera, y que
remite a las cuestiones cruciales de la propia existencia: la pareja, la
responsabilidad, la sexualidad, la trascendencia, etc.
Es
el caso de “La ventana indiscreta”, una película aparentemente insustancial: L.
B. Jeffries (James Stewart), un
hombre postrado en una silla de ruedas con una pierna escayolada a causa de un
accidente, mira desde su ventana todo lo que acontece en los pisos del edificio
de enfrente, y esa trama durante casi dos horas de metraje. Pero las cosas no
son tan simples como parecen o aparecen en la pantalla. A través de ese
empedernido voyeur es el espectador/a
quien observa hechizado un ecosistema vivo y palpitante que nos habla de amor,
de soledad, de humor, de sexo y, como emoción añadida, de un misterioso
asesinato sacado a la luz. Por tanto de una historia de amor insertada dentro
de una trama de suspense. Algo que el maestro de ese género tenía en mente
desde que, un año antes, había dirigido a la bella y elegante Grace Kelly en “Crimen perfecto”.
No
cabe duda, con “La ventana indiscreta” Hitchcock
rompe moldes y se muestra como un director de vanguardia. Es decir, hace de
ella una película totalmente imprescindible.

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