El
productor de esta película, el francés Thomas
Lagman,
debió tener las ideas muy claras sobre la calidad del guión
presentado por el director del filme, Michel
Hazanavicius,
cuando, tratándose de una película muda y en blanco y negro,
decidió invertir dinero y producirla. Y no se equivocó. Estaba en
lo cierto, en lo que tenía que hacer pese a la costumbre de los
espectadores del mundo entero de ver películas habladas y en color.
Y es que la vuelta a ese formato cinematográfico, considerado
obsoleto por productores y cineastas, además de transmitir belleza
plástica a la película conmoviéndonos, hace que la historia
narrada esté llena de una poesía que el color no habría comunicado
o, en todo caso, no con la misma intensidad. Una historia que, sobre
todo, es un maravilloso y sentido homenaje al cine en general, y al
realizado en los años 20 y 30 del siglo pasado en particular.
La
historia que cuenta esta admirable película es la de George Valentin
(portentoso Jean
Dujardin),
una gran estrella del cine mudo a quien, en el Hollywood de 1927, la
vida le sonríe plenamente. Éxito que se verá truncado con la
llegada del cine sonoro. Sin embargo, la joven actriz Peppy Miller
(bellísima Bérénice
Bejo),
que empezó como extra con Valentin, triunfará con la nueva
expresión cinematográfica.
Finalmente
podríamos decir sin exagerar que Hazanavicius,
además de construir una tragedia mezclada con risas que recuerda
películas geniales como “Luces de la ciudad”, de Charles
Chaplin
o “Ha nacido una estrella”, de George
Cukor,
ha conseguido crear escuela a través de otras dos producciones, en
estos casos realizadas por dos españoles en 2012, como son
“Blancanieves”, de Pablo
Berger y
“El artista y la modelo”, de Fernando
Trueba.
Que, como quien dice, tampoco son moco de pavo.
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