En los años sesenta y setenta del siglo pasado el estreno
de una película de Luchino Visconti (Milan
1906 – Roma 1976) era tan importante como la publicación de un best seller o la exposición de una obra
de arte. Por dos razones fundamentalmente: por la calidad artística del filme
realizado y porque cada uno de ellos constituía una nueva pieza del edificio
cinematográfico que con el paso del tiempo Visconti
iba construyendo. Un edificio que sentó sus bases en el año 1942 con Obsesión, película pionera del
neorrealismo italiano, y que junto a La
tierra tiembla (1948) y Rocco y sus
hermanos (1960) compuso lo esencial de su visión de la realidad italiana de
aquellos años. La caída de los dioses
(1969) con Senso (1954), El gatopardo (1963), Muerte en Venecia (1971) y El inocente (1976), su última película,
forma parte de la otra preocupación vital del realizador milanés: la decadencia
y desaparición de una clase social: la aristocrática-burguesa que Luchino Visconti conoció bien. En esta ocasión, en La caída de los dioses, inspirándose en
hechos reales, cuenta la historia de los Essembeck, una familia de la alta
burguesía alemana que posee una importante empresa siderúrgica en plena
ascensión del nazismo hitleriano. Un relato que va desde el incendio del
Reichstag (1933) hasta “la noche de los cuchillos largos” (1934), durante la
cual tuvo lugar la matanza de las SA (Secciones de Asalto), organización
paramilitar del partido nazi. Poniendo magistralmente en evidencia, gracias a
su estilo cinematográfico grandioso, melodramático y shakesperiano, los pilares
sobre los que se sustentó el régimen fascista.
Tras la muerte de Visconti
el cine italiano perdió a uno de sus más firmes valores, alguien que consideró
un deber “contar historias de hombres vivos: hombres que viven entre las cosas
y no las cosas por sí mismas”.

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