Julián
y Tomás, dos amigos de la infancia que han llegado a la madurez, se
reúnen después de muchos años y pasan unos días inolvidables,
sobre todo porque este será su último encuentro, su despedida.
Junto a “Truman”, el perro fiel de Julián, pasarán ese tiempo
recordando los buenos momentos vividos y añorando los que nunca
pudieron vivir.
Con
este tema, Cesc
Gay
(Barcelona, 1967), director y guionista de la película, corría el
riesgo de conducir al espectador hacia un drama de tomo y lomo. De
esos de lágrima viva y estereotipos a raudales. Sin embargo, el
cineasta catalán, que ya había dado muestras de un sentido de la
realidad y del equilibrio sicológico bastante agudo en la notable
“En la ciudad” (2003), una cinta urbana que cuenta con sencillez
y naturalidad la vida de sus gentes, vuelve a demostrarlo aquí
abordando el delicado asunto de la despedida definitiva de manera
memorable. Primero mostrándonos el valor de la verdadera amistad, la
que no pide nada a cambio, y después, justo antes de partir,
sugiriéndonos la necesidad de poner las cosas en orden con las
personas que otorgan sentido a nuestras vidas.
Evidentemente,
la historia no hubiera gozado de la sutileza y elegancia en las que
está envuelta la narración sin las apabullantes interpretaciones de
ese grandísimo actor que es Ricardo
Darín
y del no menos grande Javier
Cámara,
responsables irredentos de que ni tan siquiera parpadeemos durante la
proyección.
Aunque
lo que cuenta Cesc
Gay
en la película es trágico, no renuncia sin embargo a provocar la
sonrisa ni tampoco a emplear por momentos el tono agridulce de la
comedia. Es dosificando sabiamente esos elementos cinematográficos
que, el director de “Una pistola en cada mano” (2012), logra
impartirnos una soberbia lección de ética y dignidad frente al
último suspiro.

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