La
sociedad norteamericana de los años 1950 debía ser tan puritana
como las demás. Probablemente menos que la nuestra en la misma
época, pero igualmente defensora acérrima de una moral mal
entendida, es decir la que imponía un poder farisaico y represor.
Esas circunstancias hacían que las personas que se salían de las
normas establecidas eran señaladas por la comunidad y se les hacía
la vida imposible. Adquiriendo particular dramatismo en todo lo
referente a las relaciones sexuales. El modelo a seguir era el de la
relación entre un hombre y una mujer, y “en su debido momento”.
Lo demás no existía o debía permanecer en el armario.
Por
eso, cuando Tood
Haynes
(Los Ángeles, 1961), el director de esta por muchos motivos
(estéticos, sociales y culturales) impactante película, afirmaba
el día de su presentación en el Festival de Roma en 2015 que “salir
del armario sigue siendo un acto político”, quería decir, según
sus propias palabras, que, “aunque las actitudes respecto a la
homosexualidad han cambiado en la actualidad, el modo de exponer
nuestra privacidad sigue provocando todo tipo de trauma”. Un modo,
en el caso de esta historia de amor prohibido entre dos mujeres,
expuesto con enorme belleza, sutileza y extrema elegancia, pero, sin
duda, portador también de fuertes y dolorosos estragos.
La
cinta, basada en la novela autobiográfica de Patricia
Highsmith
“El precio de la sal” (1952), ofrece sin lugar a dudas una mirada
libre de prejuicios, un loable intento de mostrarnos una realidad en
no pocos casos oculta o cuasi oculta. Así el juego de miradas,
gestos, insinuaciones o roces perfectamente dosificados, y en el
momento justo, logra que las palabras sean totalmente superfluas y
el cine adquiera entonces cotas de extraordinario valor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario