Lo
que verdaderamente le gusta a Jack Weil (Robert
Redford), un
tahúr profesional,
es jugar al póker y seducir a mujeres bonitas. Lo malo es que el
momento escogido no es el más oportuno. Organizar una partida en
Cuba, cuando en la Navidad de 1958 Fidel
Castro
y sus guerrilleros se disponen acabar con la diversión de
millonarios y mafiosos yanquis, es algo descabellado. Pese a todo
Weil se adentra sin quererlo en ese torbellino que fue el fin de la
dictadura de Fulgencio
Bastista,
y con él vamos a conocer de cerca momentos históricos que
estremecieron a América Latina y al mundo. Pero, como no podía ser
de otra manera, el apuesto Weil se adentrará enamorándose de una
bella mujer cuyo único inconveniente es que es la esposa de un
destacado dirigente castrista.
Sydney
Pollack
(1934-2008), que debía tener muy presente en su espíritu la mítica
“Casablanca” (1942), enhebra en La Habana una historia de amor
que tiene mucho que ver con la película de Michael
Curtiz.
Un héroe apolítico, reservado y desencantado, una elegante y
extraordinaria mujer de la que se siente secretamente enamorado, un
esposo de esta que combate por una causa justa, y, agitando el todo,
las fuerzas represoras de un régimen corrupto y en pleno declive.
La
película, que no se rodó en Cuba por prohibición expresa del
gobierno de Estados Unidos, rodándose finalmente en República
Dominicana, está construida como un thriller en el que los temas
familiares al realizador norteamericano aparecen de nuevo: profundo
contenido humano y sentido de la justica, romanticismo, delicadeza en
la aproximación a los personajes femeninos y un estilo lírico a
fondo.
Aunque
el filme en su momento fue infravalorado, el tiempo lo ha puesto
definitivamente en su lugar: un notable y bello melodrama envuelto en
una música soberbia de Dave
Grusin
que bien merece una nueva oportunidad.

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