Cineastas
del mundo entero, críticos cinematográficos y público en general
son unánimes: John
Ford
(1895-1973) es uno de los pilares fundamentales del cine
norteamericano de todos los tiempos. Un cineasta completo (director,
guionista y productor) que ha construido su obra cinematográfica a
la imagen rica y contradictoria del país que le vio nacer. Hijo de
emigrantes irlandeses, John
Ford,
cuyo verdadero nombre es Sean
Aloysius O’Feeney,
nació en el estado norteamericano de Maine instalándose en
Hollywood en 1917, a la edad de 22 años. A partir de esa fecha y
hasta 1966 John
Ford
dirigió
más de 150 películas. Todas ellas de interés. Algunas absolutas
obras maestras como “El delator”, “La diligencia”, “La uvas
de la ira”, “Qué verde era mi valle”, “Centauros del
desierto” o “El hombre tranquilo”. En ellas la puesta en
escena, la dirección de actores y el análisis sicológico de los
personajes son excepcionales por su sencillez, humanidad y
clarividencia.
Criticado
de racista por el tratamiento dado a indios y negros en algunas de
sus películas, Ford
aceptó en 1960 la oferta del guionista James
Warner Bellah
para llevar a la pantalla “El sargento negro”. Una película,
mitad western, mitad drama judicial, en la que el sargento negro
Rutledge es acusado del asesinato y de la violación de una joven
blanca. Ocasión para que John
Ford,
con estilo singular y dinámico (el flashback), y en medio de los
parajes del Monument Walley, haga un emotivo alegato en defensa del
honor de los negros, al tiempo que pone en evidencia los temores y la
hipocresía de los blancos. Más tarde, en 1964, y ya enfermo de
cáncer, trataría de hacer lo propio con los indios, realizando la
desigual “El gran combate”, sobre el trágico destino del pueblo
Cheyenne en las áridas reservas de Oklahoma.
En
definitiva, ¿John
Ford,
reaccionario o revolucionario? Más complejo que todo eso. En
cualquier caso un cineasta que siempre siguió la máxima de Jean
Renoir.
“No hacer películas que no ensalcen al hombre”.
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