Pocos cineastas han ejercido el poder de fascinación que Stanley Kubrick (Nueva York, 1928 – Reino Unido, 1999) ejerció sobre el público y la crítica durante más de dos décadas. Cada una de sus películas, meticulosamente estudiada, planificada y realizada, era esperada con enorme expectación, sin que jamás el resultado dejara indiferente a nadie. Y daba igual que llevara a la gran pantalla un thriller de la calidad de “Atraco perfecto” (1957), un fresco histórico como la magnífica “Espartaco” (1960) o la pionera de la ciencia ficción como “2001, una odisea del espacio” (1968); por sólo citar tres obras maestras de su extraordinario catálogo de un total de trece largometrajes realizados a lo largo de su vida de director, guionista y productor cinematográficos.
Con
“La naranja mecánica”, rodada entre dos filmes de época como “2001…” y “Barry
Lindon” (1975), su relato cinematográfico se centra de nuevo en la
contemporaneidad, es decir, en la del malévolo delincuente juvenil Alex DeLarge
(impresionante Malcolm McDowell),
líder de una pandilla llamada “los drugos” con la que comete violentas
fechorías.
La
película, basada en la novela del prolífico escritor británico Anthony Burgees, y publicada en 1962,
se compone de dos partes: la primera, muestra la violencia en su estado más
brutal, y la segunda parte, el remedio que el sistema emplea para erradicarla.
Incitando, pues, al espectador/a a hacer una pertinente reflexión sobre un tema
de gran actualidad.

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